

Si de personalidades hablamos, si en el presente discurrir nos vamos a ocupar de catalogar comportamientos, corresponde aclarar que nos vamos a valer de la taxonomía, de una mera representación mental de aquello que en la realidad no existe, una mera idealización o abstracción analítica que nos permite diseccionar “lo real” para luego volver a la vida real y conocerla, apenas, un poquito más…
Decíamos entonces que de personalidades
vamos a referirnos, y cómo éstas se relacionan con los excesos. Rápidamente se
nos presentan tres tipos de personas con las que habitualmente nos topamos en la
vida: a) los que no se relacionan con ellos b) aquellos que gustan de ellos y
c) aquellos que son gustados por ellos.

Algunos de los que clasificamos
con esta personalidad, que inmovilizamos en esta representación mental (que
repetimos: no existe en su estado puro), se parapetan ante la vida del prójimo
con una mirada punitiva, juzgando al otro desde un pedestal que erigió
por obra y gracia suya, pero que es ajena a la voluntad de aquel que es
juzgado. Otros, en cambio, van contentos sin mirar a su alrededor.
También hay personalidades curiosas
y escurridizas, que buscan conocer a dios y al diablo, sentir el
infierno, embeberse de él, palpar sus inclemencias, desvestirse y dejar el
cuero pelado, la carne al rojo vivo a merced de las garras de los cuervos,
siempre dispuestos a picotear donde presumen una pronta putrefacción.



Pero siempre estaremos cerca tuyo,
de donde nunca nos fuimos…
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